Llevo un tiempo enganchado a la adaptación de Fundación producida por Apple TV+. Visualmente es una auténtica maravilla, la dirección de arte es brutal y Lee Pace borda su papel. Sin embargo, a medida que avanzaban los episodios, no podía quitarme de encima una sensación extraña. Al investigar lo que opinaban otros lectores de Isaac Asimov, me di cuenta de que mi diagnóstico coincidía al 100% con el de la comunidad: estamos ante una serie de ciencia ficción notable, pero ante una pésima adaptación del clásico literario.

Si estás viendo la serie y sientes esa misma disonancia cognitiva entre la pantalla y el papel, aquí desgloso los motivos de esta ruptura.

1. La gran traición filosófica: De la sociología al «Elegido»

El alma del libro de Asimov es la psicohistoria: una ciencia estadística ideada por Hari Seldon que predice el comportamiento de billones de personas a lo largo de siglos. Para Asimov, las fuerzas socioeconómicas y las masas son las que mueven la historia; los individuos, por muy importantes que crean ser, son irrelevantes. Nadie tiene «poderes mágicos» ni es un héroe predestinado.

La serie de televisión destruye esta premisa desde la base para abrazar el tropo más trillado de Hollywood: la narrativa del «Elegido». Convertir a personajes como Gaal Dornick o Salvor Hardin en figuras con visiones, poderes precognitivos o una «conexión especial» con el destino borra por completo el mensaje filosófico del autor. Pasamos de una ciencia ficción sociológica y cerebral a un mito de fantasía espacial.

2. Salvor Hardin y el culto a la acción

En las novelas, uno de los momentos más memorables es la frase célebre de Salvor Hardin, el primer alcalde de Terminus: «La violencia es el último recurso de los incompetentes». El Hardin del libro es un político astuto, un diplomático pacifista que resuelve las crisis galácticas mediante la negociación, el comercio y la religión, sin pegar un solo tiro.

Ver a la Salvor Hardin de la pantalla convertida en una heroína de acción con rifle en mano, resolviendo los problemas a tiros y patadas, duele a cualquier fan de la obra original. La serie cambia la inteligencia política por el fuego cruzado.

3. La gran paradoja: Lo mejor de la serie no está en los libros

Aquí viene la mayor ironía del proyecto. Si hay un bloque narrativo que funciona de maravilla, apasiona a la audiencia y mantiene a flote el espectáculo, es la Dinastía Genética del Imperio (el triunvirato de clones: Hermano Alba, Hermano Día y Hermano Atardecer).

El concepto de un Imperio estancado porque está gobernado por clones de sí mismo es brillante, está impecablemente escrito y regala las mejores actuaciones. ¿El detalle? No existe en absoluto en la obra de Asimov. Fue un invento total del showrunner David S. Goyer para la televisión. La serie brilla con luz propia precisamente cuando se olvida de Asimov y crea su propio material.

Veredicto: El truco para disfrutarla

¿Significa esto que la serie sea mala? En absoluto. Si la analizas como una obra independiente de ciencia ficción con un presupuesto astronómico y un apartado visual deslumbrante, es un entretenimiento de primer nivel.

El secreto para disfrutarla es simple: asumir que es un universo alternativo. Hay que borrar el nombre de Isaac Asimov de la mente, entender que la serie solo tomó prestados algunos nombres de personajes y planetas, y dejar que la ópera espacial te deslumbre. Pero si lo que buscas es la esencia, la ciencia y la filosofía de la saga literaria… lo mejor es volver a abrir los libros.

¿Qué diría el propio Isaac Asimov si pudiera sentarse en su sofá a ver la serie?

«¡Por la galaxia! Si en 1942, mientras escribía sobre una máquina de escribir ruidosa en Nueva York, me hubieran dicho que mis historias se verían así en una pantalla, no me lo habría creído. Visualmente es deslumbrante. Esos barcos, la escala de Trántor, la tecnología… es exactamente el espectáculo con el que cualquier escritor de pulps soñaba en mi época.

Además, tengo que quitarme el sombrero ante el señor Goyer por la Dinastía Genética. Tres clones de Cleón gobernando el Imperio para evitar el cambio… ¡es un concepto sociológico brillante! Ojalá se me hubiera ocurrido a mí en los años cincuenta; encaja perfectamente con la idea de un imperio en decadencia que se niega a evolucionar.

Ahora bien… respecto a la psicohistoria.

Verán, yo dediqué mi vida a divulgar la ciencia, la razón y la lógica. Diseñé la psicohistoria como una ciencia basada en la estadística de masas, en la idea de que los grandes movimientos sociales son inevitables y que los ‘héroes individuales’ no son más que corchos flotando en las olas de la historia. ¿Y qué han hecho en la televisión? Convertir a Gaal y a Salvor en elegidas con visiones, poderes precognitivos e intuiciones mágicas. ¡Eso no es psicohistoria, es telepatía con calculadora! Han cambiado la sociología por el mito del héroe de siempre.

Y ver a Salvor Hardin pegando tiros con un rifle de plasma… Santo cielo. Yo escribí que ‘la violencia es el último recurso de los incompetentes‘ precisamente para que mi héroe resolviera los problemas hablando y pensando, no disparando. Supongo que en Hollywood pensaron que dos personas debatiendo la política fiscal de un sector galáctico no daba para una escena de acción apasionante.

¿Me enfada? No realmente. Hollywood siempre ha cambiado la ciencia por explosiones, y los cheques de derechos de autor siguen siendo perfectamente válidos. Pero si esta serie sirve para que un par de millones de personas se queden fascinadas con el universo y luego vayan a una librería a comprar mis libros para descubrir cómo funciona la historia de verdad… entonces el viejo Asimov estará más que satisfecho.