Hay una experiencia que casi todo el mundo que ha pasado por un servicio de Urgencias reconoce, pero que pocas veces sabe nombrar: la sensación de estar viendo lo que te pasa como si fuera una película, con el cuerpo un poco desconectado, el tiempo estirado o comprimido de forma rara, y la impresión de haber dejado de ser tú mismo sin saber todavía en qué te vas a convertir. Un artículo publicado recientemente por un ingeniero e investigador independiente se propone precisamente eso: ponerle nombre a esa experiencia, y lo hace de una forma que llama la atención tanto por lo que dice como por cómo está construido.

El trabajo, titulado Liminalidad cinematográfica: hacia un marco integrador para la experiencia del paciente en Urgencias, no es un estudio clínico ni presenta datos nuevos. Es lo que en ciencias sociales se llama una revisión narrativa exploratoria: un repaso de literatura ya publicada, en este caso procedente de cuatro campos que casi nunca se citan entre sí —la psiquiatría del trauma, la antropología, la sociología de las instituciones sanitarias y la enfermería— con el objetivo de ver si, juntando las piezas, aparece algo que ninguna disciplina por separado había terminado de describir.

La primera pieza viene de la psiquiatría. Desde finales de los años setenta se sabe que situaciones de peligro vital agudo pueden desencadenar un cuadro de despersonalización transitoria: sensación de mirarse desde fuera, de que el entorno no es del todo real, de que el tiempo se comporta de manera extraña. Estudios posteriores con víctimas de accidentes de tráfico atendidas en Urgencias confirmaron que esto no es raro ni anecdótico —lo presentaba más de uno de cada cuatro pacientes en una de las muestras citadas— y que, además, tiene consecuencias: quienes lo experimentan tienen un riesgo notablemente mayor de desarrollar estrés postraumático semanas después.

La segunda pieza es antropológica. El concepto de liminalidad, acuñado hace más de un siglo para describir los ritos de paso en sociedades tradicionales —ese estado intermedio en el que ya no eres quien eras pero todavía no eres quien vas a ser—, ha sido aplicado por investigación de enfermería al tránsito del paciente por Urgencias con resultados sorprendentemente naturales. Entrar en shock, con miedo y dolor, y no saber aún si vas a salir con un diagnóstico leve o con uno que te cambie la vida, tiene la misma estructura que cualquier rito de iniciación, solo que nadie lo elige.

La tercera pieza es sociológica y algo más incómoda. Autores como Talcott Parsons, Michel Foucault o Erving Goffman —cada uno por su lado y en décadas distintas— describieron cómo el sistema sanitario convierte al paciente en un colaborador pasivo, en un conjunto de datos objetivables o en alguien cuyo tiempo y movimiento decide otra persona. Lo interesante es que el artículo no se limita a citarlos: matiza expresamente hasta qué punto se les puede aplicar a un servicio de Urgencias sin forzar la comparación, algo que se agradece en un texto que maneja conceptos tan potentes.

La cuarta pieza, la más reciente, es existencial: investigación de enfermería publicada este mismo año describe cómo los pacientes, en medio de un entorno hiper técnico centrado en salvar vidas, se enfrentan también a preguntas sobre su propia mortalidad que casi nadie tiene tiempo de acompañar.

De la suma de estas cuatro piezas nace la propuesta central: el término liminalidad cinematográfica, pensado no como una categoría clínica sino como lo que en metodología cualitativa se llama un «concepto sensibilizador» —una idea que no diagnostica nada, pero que ayuda a mirar y a nombrar algo que antes no tenía vocabulario compartido.

Lo que distingue a este trabajo no es solo la propuesta en sí, sino la honestidad con la que está planteada. El propio autor dedica un capítulo entero a explicar sus límites: no tiene formación clínica, la revisión no sigue un protocolo sistemático, y el riesgo de haber forzado una coherencia entre estudios que en realidad investigaron cosas distintas está reconocido explícitamente, no escondido. En un terreno —la divulgación científica sobre salud mental— donde es fácil caer en la grandilocuencia, se agradece un texto que dice con claridad «esto es una hipótesis de trabajo, no una conclusión».

Queda por ver si el término cuaja o si termina siendo, como el propio autor admite que podría pasar, una construcción más elegante que verdaderamente explicativa. Para eso haría falta lo que el artículo propone como siguiente paso: entrevistar directamente a pacientes recién dados de alta y comprobar si, en sus propias palabras, reconocen algo de lo que aquí se ha intentado nombrar. Mientras tanto, el trabajo deja al menos una idea difícil de olvidar: que millones de personas atraviesan cada año una experiencia bien documentada por partes, pero que hasta ahora nadie había terminado de juntar en un solo mapa.

fuente: https://doi.org/10.5281/zenodo.22160541