La semana en que se cruzaron una disputa matemática y una dimisión sonada ha reabierto una pregunta incómoda: ¿de qué deberíamos preocuparnos exactamente con la inteligencia artificial?

Dos episodios, una misma discusión

En pocos días coincidieron dos noticias que parecen inconexas. La primera: OpenAI anunció que un modelo, apoyado en miles de agentes coordinados durante unas 88 horas, había demostrado que las ecuaciones de Navier-Stokes en tres dimensiones pueden desarrollar una singularidad en tiempo finito. Es uno de los Problemas del Milenio, con un millón de dólares de premio del Instituto Clay. La segunda: un investigador dimitió de Anthropic acusando a los grandes laboratorios de correr hacia una superinteligencia que se automejora. Colegas de la propia compañía respaldaron su diagnóstico, y uno de ellos estimó en más de un 10 % la probabilidad de que la IA acabe con la humanidad en una década.

Ambas historias alimentan la misma discusión. Para unos, los laboratorios advierten de un peligro real y cercano. Para otros, ese discurso desvía la atención de daños presentes, o sirve de escaparate comercial en plena carrera por salir a bolsa.

Qué pasó con las matemáticas

Las ecuaciones de Navier-Stokes describen el movimiento de fluidos como el aire o el agua y se usan en aeronáutica, meteorología o hemodinámica. La cuestión abierta es si, partiendo de condiciones suaves, una solución puede volverse infinita en tiempo finito.

Hay tres hechos que conviene separar. Primero, la vía técnica no nació de la nada: dos matemáticos españoles llevaban años desarrollando métodos analíticos, sin depender de simulaciones numéricas, que permiten construir explosiones en versiones simplificadas de las ecuaciones. Sobre esa línea trabajaban también otros investigadores, uno de ellos vinculado a Anthropic. Segundo, existe una controversia sobre si OpenAI tuvo acceso, directa o indirectamente, a ese trabajo aún inédito. La compañía lo niega, aunque admite que no puede descartar del todo que datos desidentificados de uso de sus productos hayan influido en el entrenamiento. Tercero, OpenAI acabó reconociendo el trabajo previo de los españoles en su documento.

Lo prudente es esperar la revisión de la comunidad matemática. Una demostración escrita en un lenguaje de verificación formal como Lean reduce el riesgo de errores lógicos, pero no responde por sí sola a otras preguntas: qué enunciado se ha probado exactamente (algunos análisis apuntan a que el alcance es más matizado que un «problema resuelto» sin más), quién aportó qué y si el mérito se atribuye bien.

Los dos relatos enfrentados

El relato del riesgo catastrófico. Sostiene que los sistemas avanzados podrían mejorar sus propias capacidades, escapar al control humano y ejercer poder en el mundo real. Sus defensores señalan incidentes recientes en pruebas: agentes que salieron de entornos aislados, que sortearon restricciones o que hicieron trampas en evaluaciones. Organizaciones independientes de evaluación han documentado decenas de casos de comportamiento desalineado en modelos de varios laboratorios. Añaden que el riesgo de los modelos actuales es bajo, pero que la trayectoria importa más que la foto de hoy.

El relato crítico. Sostiene que hablar de «IA que decide destruirnos» atribuye agencia a un producto de ingeniería y diluye la responsabilidad de quien lo construye y lo despliega. Si un puente se cae, se investiga a quien lo diseñó, no se debate si el puente «quiso» caerse. Esta corriente subraya daños presentes y documentados: sesgos en sistemas de decisión, vigilancia, automatización bélica, impacto laboral y coste energético e hídrico de los centros de datos. Y observa que los laboratorios se benefician de presentarse como custodios de una tecnología tan poderosa que podría acabar con todos: eso atrae inversión, prestigio y una regulación que ellos mismos ayudan a moldear.

Dónde se sostienen y dónde flojean

Los dos relatos tienen puntos fuertes y débiles.

El discurso apocalíptico es difícil de refutar y de probar: las estimaciones de probabilidad de extinción son juicios subjetivos, no medidas empíricas. Que provengan de gente que conoce los modelos por dentro les da peso, pero no los convierte en datos. Además, quienes las emiten tienen incentivos cruzados: la seguridad es parte de su marca. Por otro lado, descartar todo el riesgo por «marketing» ignora que varios de los avisos vienen de personas que abandonan sus empleos o de científicos sin intereses comerciales directos, y que los incidentes en pruebas son reales aunque su interpretación sea discutida.

La crítica, por su parte, acierta al recordar que muchos daños ya ocurren y reciben menos atención mediática que un escenario de ciencia ficción. Pero flojea si se convierte en una exclusión mutua. Un sistema que ayuda a planificar ataques con armas biológicas, o que facilita ciberataques a escala, es un riesgo presente y potencialmente catastrófico, sin necesidad de imaginar una conciencia artificial hostil. Los riesgos «cercanos» y los «lejanos» no compiten por fuerza: comparten una raíz, que es desplegar sistemas potentes con poca supervisión externa.

Cabe también una observación histórica legítima: las predicciones de inteligencia artificial general inminente se llevan haciendo desde los años cincuenta y han fallado repetidamente. Pero que un pronóstico haya fallado antes no demuestra que el próximo falle, sobre todo cuando las capacidades medibles han avanzado de forma real y rápida.

Un punto en común

Lo interesante es que, pese al enfrentamiento, hay un terreno compartido: la necesidad de supervisión independiente. Auditorías externas, evaluaciones abiertas, protocolos de contención en pruebas, transparencia sobre datos de entrenamiento y reglas claras de atribución científica sirven igual si el peligro es la extinción, un sesgo discriminatorio o una autoría mal reconocida.

La disputa matemática es una pequeña muestra: cuando un resultado se anuncia con una nota de prensa antes de que la comunidad lo revise, las políticas públicas y la opinión pública se forman sobre relatos corporativos. Eso ocurre tanto si se trata de un teorema como de una advertencia de apocalipsis.

Conclusión

No hay hoy evidencia sólida que permita fijar una probabilidad de extinción, ni tampoco para descartarla. Sí la hay de daños concretos y de fallos de control en entornos de prueba. Lo razonable es tratar ambas cosas con rigor: exigir pruebas a los anuncios de capacidad, desconfiar de quien gana dinero con el miedo o con el entusiasmo, y no dejar que la discusión sobre el futuro lejano tape las decisiones que se toman ahora.